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PRIMER SEMESTRE 2026 NÚMERO 41 |
ISSN: 1659-2069 |
Resiliencia democrática: revisión de enfoques y desafíos contemporáneos
en América Latina y Costa Rica
Hannia Ramírez
Obando*
https://doi.org/10.35242/RDE_2026_41_7
Nota del Consejo Editorial
Recepción: 8 de diciembre de 2025.
Revisión,
corrección y aprobación: 5 de enero de 2026.
Resumen: Presenta una
sistematización tanto de la literatura académica como la publicada por
organismos internacionales sobre resiliencia democrática, con particular
atención en América Latina y Costa Rica. El análisis aborda dimensiones
conceptuales, mecanismos, capacidades institucionales y mediciones disponibles,
y sintetiza hallazgos comparados recientes como V-Dem, International IDEA,
Freedom House y OCDE. Como resultado del estudio se concluye que la resiliencia
democrática se entiende simultáneamente en dos dimensiones: la de desempeño
(resistencia, contención y recuperación) y la de capacidad (propiedades que
permiten esas respuestas), lo que tiene repercusiones en las políticas públicas,
en las reformas institucionales, en el sistema de partidos, la sociedad civil, la
cultura cívica y la comunidad política.
Palabras clave: Estado de derecho / Democracia / Adaptación /
Gobernabilidad / Desinformación.
Abstract:
Key Words:
1. Introducción
La concepción de resiliencia ha ingresado recientemente al vocabulario
de la ciencia política comparada; sin embargo, en el último lustro ha adquirido
tracción como marco analítico para examinar tanto los procesos de erosión como
la recuperación democrática.
De manera general, la resiliencia alude a la capacidad de un sistema
social para absorber choques adversos, ajustarse y recuperar sus funciones
clave sin perder su identidad normativa. En el caso de los regímenes
democráticos, ello alude a la capacidad de conservar o de restablecer el nivel
de democraticidad frente a amenazas endógenas o exógenas (Croissant, 2024).
Este documento integra tres aportes. Primero, clarifica conceptos y
tipologías, dialogando con enfoques que ponen la mira en funciones, estructuras
y actores (Merkel y Lührmann, 2021), así como la propuesta de dos fases de
Boese et al. (2021) sobre onset resilience[1] y breakdown
resilience[2].
Segundo, examina mediciones e indicadores de desempeño y capacidad de Varieties
of Democracy Institute (V-Dem), International Institute for Democracy and Electoral
Assistance (International IDEA), Freedom House y Organisation for Economic Co-operation and
Development (OCDE) y recalca
confluencias y límites. Por último, ofrece una lectura sintética para América
Latina y una referencia preliminar para Costa Rica.
2. Metodología de revisión y criterios de inclusión
La revisión narrativa se realizó para el periodo 2017-2023, incluyendo obras
académicas y reportes institucionales con definiciones explícitas,
operacionalizaciones y evidencia relevante para América Latina y Costa Rica. La revisión comprendió
análisis conceptual, mapeo de indicadores y triangulación de informes 2024–2023
(V-Dem Institute, International IDEA, Freedom House, OCDE), así como fuentes
regionales (Latinobarómetro 2023) y nacionales (Programa Estado de la Nación [PEN],
2023; Centro de Investigación y Estudios Políticos de la Universidad de Costa
Rica [CIEP-UCR], 2024 y Latin
American Public Opinion Project [LAPOP] Costa Rica, 2023-2024).
Se establecieron tres criterios de inclusión: (i)
definiciones/operacionalizaciones claras, (ii) evidencia comparada o
regional/nacional y (iii) paginación verificable. Por otra parte, en lo
referente a los criterios de exclusión, estos fueron materiales sin sustento
empírico, sin identificación editorial o sin paginación. La selección priorizó
obras en inglés y español, en atención a América Latina y Costa Rica.
Respecto a las
limitaciones de la revisión, esta es de tipo narrativa y no exhaustiva, que
busca sistematizar enfoques conceptuales y evidencias recientes sobre
resiliencia democrática, así que no se aplicó el protocolo PRISMA (Preferred
Reporting Items for Systematic Reviews and Meta-Analyses), usado en revisiones
sistemáticas y metaanálisis para documentar la búsqueda y evaluación de
estudios de forma sistemática. Se dio prioridad a la literatura de los años
2017 a 2025 y a fuentes con paginación verificable (inglés/español). Además,
pueden existir sesgos de idioma y de disponibilidad.
3. Conceptualizaciones de la resiliencia
democrática
a) Resiliencia sistémica y la política
Desde las ingenierías, la psicología y la
ecología, la resiliencia se ha definido como la capacidad de resistir, absorber
y recuperarse ante perturbaciones (Denckla y Nash, 2020). Específicamente en
ecología “se define como la capacidad de un sistema para absorber
perturbaciones y reorganizarse mientras atraviesa cambios, de modo que conserve
esencialmente la misma función, estructura, identidad y retroalimentaciones”
(Folke et al., 2010, p. 20).
En el pensamiento sistémico-ingenieril, “el pensamiento de resiliencia
trata de sostener y desarrollar la capacidad de enfrentar cambios y
perturbaciones, y aun así continuar desarrollándose” (Walker y Salt, 2006, p.
1). Aplicada a la política, diversos aportes convergen en entenderla como
proceso y como estado: un conjunto de ajustes institucionales y sociales que
permiten mantener o mejorar la calidad democrática en el tiempo (Croissant,
2024). International IDEA la define como la capacidad de los sistemas sociales
para “afrontar, innovar, sobrevivir y recuperarse” frente a crisis complejas;
por extensión, la resiliencia de la democracia alude a su capacidad de
adaptarse, recuperarse y afrontar tales desafíos (International IDEA, 2017, pp.
3-4).
b) Marcos centrados en funciones, estructuras y actores
Merkel y Lührmann (2021) proponen una concepción
estructural-funcionalista de la resiliencia democrática que amalgama
estructuras (instituciones), funciones (continuidad de libertades y controles)
y actores (partidos y sociedad civil). Su aporte concibe la resiliencia
democrática como la capacidad de un régimen para preservar su identidad
democrática mediante mecanismos que sostienen la competencia, el pluralismo y
el Estado de derecho de cara a sus retos.
En línea con ello, Croissant
(2024) distingue entre resiliencia como desempeño (continuación, resistencia y recuperación
o ‘rebote’) y resiliencia como capacidad, es decir, las condiciones que
preparan a un sistema a responder de la mejor manera. Esta distinción de tipo
analítica es útil para conectar la teoría con la medición empírica.
c) Resiliencia en dos fases: impedir declive y
recuperación
Boese y sus coautoras (2024) conceptualizan la resiliencia democrática
como un proceso de dos fases: (i) onset resilience (evitar la
autocratización al inicio) y (ii) breakdown resilience (evitar el
colapso incluso si ya existe una erosión avanzada) con la posibilidad de rebote
hacia una democracia de mayor calidad. Esta propuesta coincide con la noción de
reequilibración de Linz (1978) y con las vías de salida de la regresión identificadas
por Merkel y Lührmann (2021).
Tanto
Linz (1978) como Linz y Stepan (1996) manifiestan que, de cara a las crisis
democráticas, existen tres posibles vías: la primera es la descomposición (breakdown)
si la democracia sucumbe; la segunda es la reequilibración (re-equilibration)
si el sistema logra reponerse de una crisis sin romper el orden democrático;y
la tercera es la transformación o transición si el régimen muta hacia otro
tipo, sea autoritario u otra democracia.
Por su lado, Merkel y
Lührmann (2021) hablan de los
mecanismos institucionales, sociales y políticos mediante los cuales un país
democrático que ha ingresado en un trayecto de regresión puede revertir ese
curso y recuperar estabilidad democrática o reducir el declive. En otras
palabras, no siempre se trata de prevenir la regresión (algo que a veces ya se
está dando), sino de encender los mecanismos de restauración que faciliten el
regreso a niveles más sólidos de calidad democrática.
d) Cautela al utilizar el concepto
Al abordar la resiliencia
democrática se recomienda evitar confundirla con estabilidad o con legitimación
automática de respuestas de emergencia. Como advierten Merkel y Lührmann (2021), las medidas excepcionales
adoptadas ante amenazas o ante crisis (por ejemplo, estados de excepción,
restricciones temporales a los derechos o concentraciones de poder) pueden
provocar una paradoja: minar poco a poco las normas democráticas que pretendían
proteger y, con el paso del tiempo, entronizar prácticas autoritarias bajo la
apariencia de gobernabilidad. En ese sentido, la resiliencia no es equivalente
a la simple capacidad de resistir, sino a la habilidad de ajustarse a la vez
que se preservan los preceptos que definen la democracia. Adicionalmente, la
resiliencia democrática no constituye un atributo rígido ni uniforme. Los
sistemas políticos usualmente presentan combinaciones heterogéneas de
resiliencias y vulnerabilidades
que varían según la cultura política, el contexto institucional, la
potencia de la sociedad civil y la capacidad de rendición de cuentas. De manera
que un régimen puede presentar resiliencia frente a crisis económicas, pero
debilidad ante tensiones judiciales u opacidad en la información política.
Parafraseando a Bermeo
(2016), la clave reside en tener claro que las democracias no colapsan
súbitamente, sino por medio de procesos de erosión graduales en los que las
respuestas de emergencia pueden representar precedentes normativos
problemáticos. Por tanto, el estudio de la resiliencia debe atender tanto a los
mecanismos de resistencia institucional como a los costos normativos de las
estrategias que buscan su garantía.
En la tabla 1 se puede
observar los enfoques del concepto de resiliencia democrática en varios de los
autores citados
Tabla 1
Enfoques conceptuales de resiliencia
democrática
|
Autor(es) |
Idea central |
|
Merkel y Lührmann (2021, pp. 2-7) |
Resiliencia como marco funcional–estructural con
foco en funciones, estructuras y actores. |
|
Croissant (2024, pp. 5–7); V-Dem Working
Paper 149(2024, pp. 11-15) |
Distingue entre desempeño (continuación,
resistencia, rebote) y capacidad (condiciones habilitantes). |
|
Boese et al. (2021) síntesis en
Croissant (2024, pp. 5-7) |
Resiliencia en dos etapas: onset y breakdown;
posibilidad de rebote democrático. |
|
International IDEA (2017, pp. 3-4) |
Democracia como control popular e igualdad política;
resiliencia como recuperar/adaptar ante crisis. |
|
Freedom House (2024, pp. 2-4, 13-16) |
Erosión prolongada por ataques a contrapesos desde
líderes electos; desafío a la resiliencia. |
e) Mecanismos micro e intermedios de la resiliencia
democrática
En el nivel micro, la adopción de normas democráticas (tales como
tolerancia, rechazo de la violencia política y adhesión a reglas) robustece la
tolerancia ante discursos antidemocráticos. Estas orientaciones contribuyen al
apoyo difuso al régimen (Easton, 1975), lo cual facilita que la ciudadanía
mantenga la legitimidad del sistema, incluso cuando siente descontento con
ciertos resultados.
La investigación comparada refleja que valores cívicos y competencias
democráticas (habilidades para corroborar información, alfabetización
mediática, propensión al diálogo) disminuyen la porosidad de la democracia ante
discursos populistas, especialmente en presencia de contextos de desinformación
(Norris, 2011; Dalton, 2017 y OECD, 2024).
Asimismo, la confianza social y la imparcialidad institucional son
elementos que se potencian mutuamente; si las instituciones se perciben como
imparciales y procedimentalmente justas, incrementan la legitimidad y la
cooperación voluntaria de los ciudadanos (Tyler, 2006 y Rothstein y Stolle,
2008). En entornos polarizados, la norma de tolerancia hacia adversarios
políticos y la disposición a castigar a copartidarios que violan reglas son
decisivas para contener la erosión democrática. La obra de Levitsky y Ziblatt
(2018) ilustra los patrones históricos del declive democrático de la misma
manera que lo hace Svolik (2019). La microrresiliencia reúne competencias
(alfabetización cívico-digital), valores (pluralismo, tolerancia) y
percepciones (justicia procedimental) que aumentan el costo de las estrategias
antidemocráticas.
En términos de medición, este nivel puede operacionalizarse con rubros
de World Values Survey y Latinobarómetro sobre (a) aceptación del
pluralismo, (b) justificación de golpes o cierre del Congreso, (c) disposición
a aceptar resultados electorales, (d) confianza interpersonal e institucional y
(e) prácticas de verificación informativa. La sensibilidad temporal de estos
indicadores es crucial para detectar la erosión silenciosa.
En el nivel intermedio, la resiliencia depende de la potencia, autonomía
y profesionalización de las organizaciones intermedias que existen entre
ciudadanía y Estado (asociaciones cívicas, partidos y medios, por ejemplo). Los partidos programados
y bien establecidos canalizan el conflicto y debilitan los incentivos para
estrategias personalistas o antiparlamentarias (Mainwaring y Scully, 1995 y Luna
y Altman, 2011). De igual manera, los medios con independencia editorial
favorecen el pluralismo informacional y accountability, lo que torna más
difícil las campañas desinformativas o la llamada soft repression[3]
(Hallin y Mancini, 2004 y Freedom House, 2025).
La evidencia emanada de los estudios clásicos y contemporáneos refleja que
las asociaciones cívicas y la densidad de redes fortalecen la cooperación y la
resolución no violenta del conflicto (Putnam, 1993, 2000 y Varshney, 2002). En
la esfera judicial y de control, la capacidad organizacional (recursos,
independencia, astucia) y la legitimidad subjetiva ante el público se refuerzan;
las percepciones de justicia imparcial aumentan la deferencia a los fallos y la
voluntad de cumplimiento, incluso en escenarios de polarización (Gibson y
Caldeira, 2009 y Tyler, 2006). Esto es compatible con la evidencia de que
tribunales y órganos electorales con prestigio profesional pueden contener
excesos ejecutivos y resistir su cooptación (Hirschl, 2008 y Merkel y Lührmann,
2021).
La medición de la
resiliencia en este nivel debe considerar (a) la institucionalización del
sistema de partidos (volatilidad, arraigo, disciplina) (Mainwaring y Torcal,
2006 y Levitsky y Ziblatt, 2018), (b) la autonomía y pluralismo mediático
(marcos comparados y puntajes de libertad de prensa) (Freedom House, 2025), (c)
la densidad y autonomía de la sociedad civil (indicadores V-Dem) y (d) la
confianza/legitimidad de tribunales (encuestas de opinión y proxies de
independencia) (Linzer y Staton, 2015 y OECD, 2024). Estas dimensiones capturan
la resiliencia mesoinstitucional de la democracia de cara a erosiones de tipo
gradual. El indicador de independencia judicial de Linzer y Staton (2015)
permite contrastar la resiliencia institucional del Poder Judicial a lo largo
del tiempo.
f)
Tipos
de estrés democrático y mecanismos de respuesta
La literatura coincide en que existen, al menos, cinco
estresores: (i) concentración ejecutiva y desconstitucionalización gradual, (ii)
captura de árbitros (organismos electorales, judicatura, entes anticorrupción),
(iii) erosión del pluralismo informacional y desinformación, (iv)
enfrentamientos del crimen organizado con el Estado y (v) crisis multinivel
(sanitarias, económicas, migratorias). Cada uno de estos estresores interactúa
con capacidades democráticas particulares; por ejemplo, la resiliencia frente a
campañas de odio en redes requiere simultáneamente regulación proporcional y alfabetización
mediática (Freedom House, 2023 e International IDEA, 2023).
La resiliencia
democrática no se manifiesta en el vacío; surge de la interrelación entre
capacidades institucionales y golpes o choques que prueban la estabilidad del
sistema político. La literatura reciente ha identificado una serie de
estresores (o condiciones de presión) que, según el contexto, pueden precipitar
procesos de desgaste o activar mecanismos de recuperación (Merkely y Lührmann,
2021; Boese et al., 2021 e International IDEA, 2023).
En la concentración
ejecutiva y desconstitucionalización gradual, uno de los estresores más estudiados
es la expansión del poder ejecutivo en contextos de crisis, fenómeno que Linz y
Stepan denominaron la tentación presidencialista. A través de decretos, estados
de excepción o reformas a las instituciones, los gobiernos pueden reformular
los contrapesos sin abolir formalmente la democracia. Merkel (2014) apunta que
este proceso de desconstitucionalización (destrucción paulatina de las normas)
constituye la forma más astuta de debilitamiento democrático: “no destruye el
Estado de derecho de inmediato, sino que lo desarticula mediante decisiones
graduales y justificaciones de emergencia” (p. 27). La pandemia por
COVID-19 ofreció ejemplos de esta tensión, puesto que en varios países el uso
prolongado de poderes extraordinarios reformuló la línea entre gobernabilidad y
autoritarismo (Boin, Ekengren y Rhinard, 2013).
En cuanto a la captura
institucional y debilitamiento de árbitros, entendida como la cooptación de
tribunales, organismos electorales o entidades anticorrupción, Lührmann et
al. (2018) y V-Dem Institute (2024) documentan que los regímenes en
regresión tienden a manipular estas instituciones para procurarse impunidad o
restringir la competencia. Boese et al. (2021) lo describen como un
ciclo de erosión en el cual la resiliencia institucional se mide por la
capacidad de conservar la independencia funcional y credibilidad pública ante
presiones partidistas. En sus palabras, “la resiliencia democrática depende de
la fortaleza de las instituciones árbitras para resistir intentos de captura,
ya que son ellas las que garantizan la integridad del proceso político” (Boese et
al., 2021, p. 14).
En la actualidad la
erosión del pluralismo mediático y la desinformación digital constituyen
estresores transversales. Según Freedom House (2024), “la expansión de
ecosistemas digitales no regulados ha creado nuevas vías para el control
informacional y la manipulación de la opinión pública” (pp. 13-16). Howard
(2020) coincide con esta idea al afirmar que los entornos digitales se han
convertido en “arenas simultáneamente de resiliencia y vulnerabilidad
democrática”, donde los ciudadanos pueden ejercer vigilancia o, por el
contrario, hacer eco de las narrativas autoritarias (p. 12). Ante este
estresor, la respuesta resiliente requiere alfabetización mediática,
transparencia algorítmica y regulación proporcional que conserve la libertad de
expresión sin permitir el abuso informativo (Carazo, Jiménez y Román, 2023).
El crimen organizado representa
un estresor emergente de gran magnitud en América Latina. Ha sido capaz de
capturar territorios y cooptar instituciones, lo que erosiona la confianza
pública y desgasta el Estado de derecho. El quinto Informe estado de la justicia
(PEN, 2025) estipula que “la violencia generada por el narcotráfico ha puesto
en riesgo las instituciones democráticas de Costa Rica, mediante atentados
contra funcionarios judiciales y hostigamiento institucional” (p. 1). De cara a
este tipo de estresores, la resiliencia demanda políticas integrales de
prevención, investigación y protección de operadores de justicia, así como
cooperación regional para detener las actividades ilícitas transnacionales (Garay y Salcedo, 2012, p. 190).
Finalmente, la
resiliencia también se ve amenazada por crisis simultáneas, sean de tipo
sanitario, económico o migratorio, que perjudican transversalmente las
capacidades estatales. International IDEA (2023) y la OCDE (2024) coinciden en
que los choques combinados pueden minar la legitimidad gubernamental incluso en
democracias consolidadas. “Las democracias resilientes son aquellas que
transforman la crisis en oportunidad para fortalecer la transparencia, la
coordinación interinstitucional y la comunicación pública basada en evidencia”
(International IDEA, 2023, p. 11). Estas crisis multinivel ponen a prueba al
Estado en muchos aspectos, no solo en cuanto a recursos, sino también respecto
de su capacidad de coordinación. El aprendizaje institucional y la rendición de
cuentas temprana son mecanismos de recuperación cruciales en estos contextos
(Boin, 2010).
Cada uno de estos
tipos de estrés requiere encender distintas dimensiones de la resiliencia: los
estresores institucionales (concentración y captura) demandan autonomía y
profesionalismo; los estresores informacionales y criminales demandan redes
cívicas y judiciales sólidas, y las crisis multinivel exigen coordinación
intergubernamental y legitimidad comunicativa. Por lo anterior, la resiliencia
democrática puede concebirse como la capacidad del sistema político para
responder a estresores múltiples sin renunciar a los principios del Estado de
derecho, la deliberación y el pluralismo (Merkel y Lührmann, 2021; Croissant,
2024; International IDEA, 2017; Lührmann y Lindberg, 2019 y Przeworski, 2019).
4. Medición: desempeño y capacidades
a) Desempeño: V-Dem Institute, International IDEA y
Freedom House
Democracy Report 2024 del V-Dem Institute ofrece el liberal democracy index (LDI)
cuyos componentes son el electoral, liberal, deliberativo, participativo,
igualitario, y van de la mano de comparaciones regionales. Para 2024, América
Latina mostró una heterogeneidad del 64% de su población en democracias
electorales y 4% en democracias liberales, con una zona gris significativa entre
ambos tipos (V-Dem Institute, 2025). En nuestro caso, Costa Rica figuró como
democracia liberal y se ubicó en el top 10% del LDI mundial (V-Dem Institute,
2025, pp. 13, 59 y 61).
Por otra parte, International IDEA (2023a) complementa
este panorama con los global state of democracy indices (GSoD) que son estudios
narrativos por tendencias globales y temáticas (por ejemplo, sobre movilidad
humana y participación). Este señala, vehementemente, que la resiliencia exige
instituciones y ciudadanía capaces de sostener controles y representación en
contextos de incertidumbre (International IDEA, 2023a, parte 1, pp. 1-3).
Freedom House (2024)
documenta por décimo noveno año consecutivo el declive global, con 60 países en
retroceso y 34 en mejora; previene sobre líderes electos que minan los
contrapesos -medios, anticorrupción y justicia- lo que pone en “jaque” la
resiliencia institucional (Freedom House, 2025, pp. 2-4 y 13-16).
b)
Capacidades:
marcos operativos y confianza pública
Croissant (2024)
operacionaliza la resiliencia democrática a partir de cuatro niveles:
macroinstitucional (Estado de derecho, controles al Ejecutivo), partidos
(antipluralismo y polarización), sociedad civil (potencia) y comunidad política
(confianza y apoyo amplio a la democracia) para los que propone indicadores
concretos. Por su parte, la OCDE (2024) incluye la dimensión subjetiva de la
confianza como condición habilitante para la gobernabilidad democrática: en 30
países, la confianza en la policía y el poder judicial suele superar a la que
reciben el gobierno y el parlamento, y un segmento creciente declara “baja o
nula confianza” en el gobierno nacional (OCDE, 2024, pp. 23-29).
c) V-Dem y sus componentes
El proyecto V-Dem, desarrollado por la Universidad de Gotemburgo,
constituye la herramienta comparativa más profusa y multidimensional acerca de
la calidad democrática. V-Dem desagrega el fenómeno en cinco componentes: electoral,
liberal, participativo, deliberativo e igualitario (Coppedge et al.,
2024).
El LDI (llamado así por su principal indicador) integra esas
dimensiones, pero su utilidad analítica radica en el análisis desagregado. Como
afirman Lührmann et al. (2018), democracias con puntajes similares en el
LDI pueden diferir en participación o deliberación, diferencias que son
fundamentales para analizar la resiliencia democrática. En esta misma línea,| Lührmann
y Lindberg (2019) señalan que “el estudio de la resiliencia requiere observar
la estructura interna de las democracias: algunas pueden resistir por su
fortaleza liberal, otras por su tejido participativo o deliberativo“ (p. 1102).
En América Latina, V-Dem muestra trayectorias bien heterogéneas: mientras
Uruguay, Chile y Costa Rica conservan una médula liberal contundente, otros
países reflejan mayor fragilidad participativa y deliberativa, vinculada con
desigualdad y polarización. Estas asimetrías sugieren que la resiliencia no
depende únicamente de la existencia de elecciones limpias, sino de la capacidad
deliberativa y el pluralismo efectivo (Coppedge et al., 2024).
V-Dem también aporta un indicador disruptivo, el índice de autocratización,
que estima la velocidad e intensidad de la regresión democrática. Su análisis
longitudinal facilita observar que las democracias que más resisten los choques
de autocratización son aquellas con instituciones judiciales y de control sólidas
y sociedades civiles compactas, lo cual refuerza la irrelevancia de los niveles
intermedios discutidos previamente (Boese et al., 2021).
d)
International
IDEA y la matriz global state of democracy indices
International IDEA ha desarrollado los GSoD, cuya
versión más reciente (2023) combina indicadores cuantitativos comparables
longitudinalmente con análisis cualitativos regionales. Esta matriz está
conformada por cinco atributos: representación, derechos fundamentales,
controles gubernamentales, imparcialidad administrativa y participación
(International IDEA, 2023a).
El valor agregado de IDEA reside en su doble enfoque; una
dimensión cuantitativa que permite contrastar tendencias históricas y
regionales; y una dimensión cualitativa que identifica mecanismos causales y disyuntivas
normativas. Este marco fortalece el estudio de resiliencia al relacionar
desempeño e institucionalidad. En sus palabras: “la resiliencia democrática no
solo se refleja en la continuidad institucional, sino en la capacidad de los
sistemas para regenerar confianza y legitimidad tras choques profundos”
(International IDEA, 2023a, p. 15).
La edición 2023 presenta nuevos apartados sobre
movilidad y democracia, y se acerca a asuntos como el voto en el exterior y la
representación de éxodos, factores relevantes en América Latina. Además, al
relacionar desempeño institucional y prácticas sociales, la matriz GSoD permite
estudiar cómo capacidades estatales y cívicas interactúan ante estresores complejos
como la desinformación, la corrupción o el crimen organizado.
El uso conjunto de
V-Dem y GSoD potencia la medición de la resiliencia, toda vez que integra
indicadores de robustez institucional (autonomía judicial, contrapesos,
pluralismo) con dimensiones de legitimidad y participación, con lo que se
acerca a una visión multiescala coherente con la teoría contemporánea (Merkel y
Lührmann, 2021).
e)
Freedom
House
La organización Freedom House aporta indicadores
enfocados en derechos políticos y libertades civiles, lo que complementa los
enfoques de V-Dem e IDEA. El informe Freedom in the World ha documentado
diecinueve años consecutivos de declive democrático global, un diagnóstico que
enfatiza la necesidad de distinguir entre erosión gradual y destrucción del
sistema (Freedom House, 2023).
La ventaja que presenta el enfoque de Freedom House es su sensibilidad a
cambios normativos y administrativos en etapas tempranas (por ejemplo,
presiones a medios, reformas electorales restrictivas o ataques al poder
judicial) que generalmente anteceden a las variaciones en los índices
compuestos (Repucci y Slipowitz, 2023). Como señalan estas autoras, “el
retroceso democrático pocas veces ocurre súbitamente: usualmente comienza con
ataques incrementales a la prensa, la judicatura o la sociedad civil” (p. 4).
No obstante lo anterior, algunos especialistas señalan que su agregación
dicotómica (libre, parcialmente libre, no libre) puede simplificar realidades intermedias.
En virtud de ello, se recomienda triangular los resultados con fuentes
multidimensionales como V-Dem o IDEA (Merkel, 2021 y Norris, 2021).
A nivel pragmático, Freedom House complementa las mediciones de
resiliencia democrática al incluir percepciones de seguridad y libertad en el
entorno digital en el informe Freedom on the net. Este componente es
crucial para capturar los efectos de la desinformación y la represión
tecnológica (uso deliberado de herramientas digitales, como vigilancia en
línea, censura, manipulación algorítmica o ataques cibernéticos para restringir
derechos civiles, políticos o informacionales (Freedom House, 2023),
fenómenos cada vez más determinantes en la estabilidad democrática en América
Latina (Howard, 2020 y Freedom House, 2025).
f)
Confianza
pública como competencia
La confianza pública opera como un recurso que reduce costos de
transacción, aumenta la cooperación y mantiene la legitimidad de las decisiones
en contextos estresantes. En términos de resiliencia democrática, la confianza
no es únicamente un resultado institucional; representa, también, una capacidad
habilitante que favorece el acatamiento de fallos judiciales, la adherencia a
reglas y la aceptación de pérdidas electorales sin recurrir a respuestas iliberales
(Tyler, 2006 y Rothstein y Stolle, 2008).
La literatura distingue entre confianza interpersonal (horizontal) y
confianza institucional (vertical); esta última se nutre de la percepción
ciudadana de que las instituciones funcionan con competencia e integridad y lo
hacen de forma justa, abierta y receptiva. El marco analítico de la OCDE señala
cinco indicadores-impulsores (drivers) clave de la confianza:
fiabilidad, capacidad de respuesta, apertura/participación, integridad y
justicia (fairness). En la medida en que estos drivers estén presentes,
se incrementa la legitimidad en los procesos y la disposición al cumplimiento
de decisiones difíciles (OECD, 2017).
En América Latina (incluida Costa Rica) es usual observar niveles de
confianza más altos en instituciones que administran la ley y el orden
(policía, tribunales) que en instituciones políticas (gobierno central, congreso,
partidos políticos) (Seligson y Booth, 2020). Esta fisura en la confianza es
pertinente para la resiliencia, ya que las decisiones complejas, como reformas
fiscales o control del gasto, demandan legitimidad procedimental y comunicativa
para no deteriorar el apoyo difuso al régimen (Seligson y Booth, 2020; Latinobarómetro,
2023 y OECD, 2022).
Desde una perspectiva micro, la confianza se nutre de las experiencias
diarias de trato justo (procedural justice) y también de señales
institucionales de profesionalismo e imparcialidad. La evidencia muestra que la
percepción de trato respetuoso y neutralidad incrementa la legitimidad y, con
ello, la cooperación con autoridades, incluso en contextos de polarización
(Tyler, 2006). A nivel intermedio, la confianza se fortalece si los tribunales
y organismos de control actúan con independencia, explican sus decisiones y
rinden cuentas (Gibson y Caldeira, 2009 y OECD, 2022). Si estos mecanismos
fallan, sea por desinformación, captura u opacidad, la disminución en la confianza
mina la resiliencia y torna más complejas y costosas las respuestas ante las
crisis.
La medición de la
confianza puede operacionalizarse por medio de indicadores como Latinobarómetro
y el World Values Survey (WVS), que abordan confianza en partidos,
parlamento, gobierno, poder judicial; así como confianza interpersonal y
satisfacción con la democracia. Las encuestas de confianza de OCDE permiten
medir estos impulsores (drivers) mencionados. Ahora bien, la
triangulación con indicadores institucionales (control de corrupción, libertad
de prensa, independencia judicial) contribuye a diferenciar confianza bien
arraigada de la meramente coyuntural (OECD, 2017 e International IDEA, 2023).
En el marco de la resiliencia, resulta relevante revisar las trayectorias, no
solo los niveles; disminuciones sostenidas en la confianza política al lado de
brechas sustantivas frente a la ley y el orden podrían vaticinar niveles de desafección
que minan la capacidad de implementar políticas en escenarios de crisis.
La tabla 2 presenta
una comparación tanto de la cobertura como de algunos indicadores que miden las
organizaciones mencionadas anteriormente.
Tabla 2
Esquema comparado de medición y alcance de
algunos indicadores democráticos
|
Fuente |
Cobertura/periodicidad |
Dimensión
clave |
Referencia
(página) |
|
V-Dem
(2024) |
179,
anual |
LDI y 5
componentes; análisis regional y tablas por país |
pp. 10,
59-61 |
|
International
IDEA (2023a) |
Índices GSoD
y capítulos temáticos |
Tendencias
globales, democracia y movilidad |
Parte
1, pp. 1-3 |
|
Freedom
House (2024) |
210
países/territorios, anual |
Derechos
políticos y libertades civiles; 19 años de declive |
pp. 2-4 |
|
OCDE
(2024) |
30
países, anual |
Confianza en
instituciones; drivers y brechas |
pp. 23-29 |
Nota.
Elaborado con base en V-Dem Institute (2024), International IDEA (2023a),
Freedom House (2023) y OCDE (2024).
5. Breve mención a América Latina
Los diagnósticos regionales coinciden en que se está en una década de
tensiones sobre controles y libertades, con desempeños divergentes entre
países. El Democracy Report del V-Dem Institute (2024) muestra una
región caracterizada por una gran dispersión en el LDI y con un predominio de
democracias electorales y solo una fracción minoritaria clasificada como
liberal (p. 15).
Según Latinobarómetro (2023), la ciudadanía se muestra más exigente y
crítica. En Costa Rica, por ejemplo, el apoyo a la democracia disminuye
levemente (50% a 48%) entre 2020 y 2023, con una ligera alza de la indiferencia
(25% a 27%); esto sugiere fragilidades culturales que interactúan con factores
de estrés institucional (Latinobarómetro, 2023).
A la vez, persisten reservas normativas importantes; la frase “no puede
haber democracia sin partidos” alcanza apoyos mayoritarios en Uruguay (62%) y
Costa Rica (59%) (Latinobarómetro, 2023, p. 46). Esta tensión entre
expectativas altas y confianza en caída conforma un terreno clave para la
resiliencia basada en capacidades (robustez de la sociedad civil, controles
horizontales y sistemas de partidos menos antipluralistas) (Croissant, 2024).
Adicionalmente, Latinobarómetro (2023) documenta la persistencia de
apoyos normativos a la democracia de tipo “churchilliana” junto con fatiga
democrática y aumento de la indiferencia. Esta mezcla presenta elevados
riesgos: apatía e indiferencia reducen costos para líderes que minan
contrapesos.
En la región se dan, además, presiones económicas sobre los medios, litigios
contra periodistas y entornos de desinformación, todo lo cual debilita la
esfera pública. Freedom House recuenta patrones de hostigamiento y soft
repression[4]
en democracias y semidemocracias, lo que exige respuestas regulatorias y
autorregulatorias cuidadosas (Freedom House, 2023).
Otro de los
flagelos latinoamericanos es la captura territorial o funcional por el crimen
organizado, que presiona la capacidad estatal y deteriora las expectativas
ciudadanas (Garay y Salcedo, 2012; Mazzitelli, 2018; International IDEA, 2021 y
Programa Estado de la Nación, 2023). Mientras Chile y Uruguay han conservado
controles judiciales y competencia programática, El Salvador es un claro
ejemplo de una fuerte concentración ejecutiva y captura de árbitros. Esta
divergencia confirma que las capacidades de nivel intermedio (partidos,
justicia, medios) condicionan la trayectoria ante estresores similares,
incluidos la desinformación y el crimen organizado (V-Dem, 2024; International
IDEA, 2023a; Freedom House, 2023 y Levitsky y Ziblatt, 2018).
6. Mirada a Costa Rica
Según el Democracy Report 2024, V-Dem
Institute (2024) clasifica a Costa Rica como democracia liberal y la ubica en 10%
superior del liberal democracy index (LDI), con puntajes LDI=0,80,
EDI=0,86 y LCI=0,95 (V-Dem Institute, 2024, pp. 13, 59-61). Estas estadísticas
sugieren un desempeño alto y relativamente estable frente a otras democracias
de la región.
Figura 1
Índices V-Dem 2024 (LDI, EDI, LCI)
Nota. V-Dem Institute
(2025, p. 61).
En referencia a las capacidades y riesgos de
esta democracia, el Informe estado de la justicia 2025 identifica una coyuntura
extraordinaria: el Poder Judicial se encuentra sometido a “fuertes ataques
políticos”, sin precedentes en la historia reciente, con estrategias de
descrédito sistemático (el llamado trash-talking)[5] que
buscan minar su legitimidad e independencia. El informe apunta que grandes
rezagos históricos en el cumplimiento y la prontitud de la justicia socavan su
resiliencia frente a nuevas presiones, incluido el crimen organizado (PEN, 2025).
Algunas encuestas nacionales refuerzan el diagnóstico de fricciones
entre legitimidad difusa y específica. Los barómetros del CIEP-UCR muestran
brechas de confianza y alta distancia con el sistema de partidos; el Laboratorio
de Opinión Pública
de América Latina (LAPOP)
documenta patrones de confianza institucional y apoyo al sistema a lo largo del
tiempo (CIEP-UCR, 2024 y LAPOP, 2023).
En cuanto al sistema de gobierno y los contrapesos, el presidencialismo
costarricense, con órganos autónomos y reglas de reelección restringidas, ha
distribuido el poder de manera relativamente balanceada. Por su lado, la Sala
Constitucional y el Tribunal Supremo de Elecciones han operado como vías de
aseguramiento de las reglas y adalides de la democracia. V-Dem atribuye al país
altos puntajes en los componentes liberal y electoral (V-Dem Institute, 2024).
En otro aspecto, las instituciones de justicia han estado recientemente
bajo gran presión. La sinopsis de 2025 del estado de la justicia describe
ataques políticos a la judicatura y menciona que rezagos en oportunidad y
calidad de servicio exponen al Poder Judicial a campañas de descrédito (PEN,
2025).
La opinión pública en el país refleja una ciudadanía exigente, con baja
simpatía partidaria y confianza heterogénea según institución, de conformidad
con las encuestas del CIEP-UCR (septiembre de 2024) y estudios de LAPOP (1978-2023).
En este entorno, la agenda de comunicación pública deberá estar basada en
evidencia y participación significativa (CIEP-UCR, 2024 y LAPOP, 2024).
Aunado a lo anterior, podría afirmarse que en Costa Rica las
organizaciones comunitarias, organizaciones no gubernamentales (ONG) y redes
sectoriales mantienen prácticas de colaboración y supervisión; en tanto que la
resiliencia se fortalece con apertura de datos, presupuestos participativos y
mecanismos de control con capacidades técnicas (Croissant, 2024). En suma, en
Costa Rica se identifican ciertos retos (tensiones entre poderes, pérdida de
confianza institucional y vulnerabilidad frente a la corrupción y la
desinformación) que convergen con los principales factores de erosión
democrática señalados en la literatura reciente (International IDEA, 2023;
Freedom House, 2023; OECD, 2024; PEN, 2023 y Croissant, 2024).
Esto exige reformas estructurales que fortalezcan la
resiliencia democrática del Estado. Entre ellas se destacan: (i) blindar la
independencia judicial; (ii) robustecer las políticas de integridad y
anticorrupción; (iii) realizar reformas a los partidos políticos promoviendo
incentivos a las coaliciones, democracia interna y transparencia y (iv)
alfabetizar los medios y plataformas digitales, como salida al auge de la
desinformación (Freedom House, 2023 y PEN, 2023). Estas medidas procuran
restablecer la confianza ciudadana, la capacidad institucional, la legitimidad
procedimental, bases cruciales de la resiliencia democrática y de la
gobernabilidad efectiva (Croissant, 2024 y OECD, 2024).
El alto desempeño registrado en V-Dem convive
con presiones al Poder Judicial (PEN, 2025), desarraigo partidario y brechas de
confianza (CIEP-UCR, LAPOP). A lo anterior se adicionan elementos de
desinformación y crimen organizado. La resiliencia dependerá de blindar la independencia
judicial, robustecer la integridad pública y procurar que la comunicación
gubernamental esté sustentada en evidencia.
La tabla 3 sintetiza el
diagnóstico de las capacidades de resiliencia democrática en Costa Rica, y diferencia
fortalezas y vulnerabilidades en cinco dimensiones clave: Estado de derecho,
controles al Ejecutivo, partidos, sociedad civil y comunidad política.
Tabla 3
Diagnóstico de capacidades de resiliencia democrática
|
Dimensión |
Fortalezas |
Vulnerabilidades |
Fuentes |
|
Estado
de derecho |
LDI alto;
árbitros con legitimidad histórica |
Ataques
políticos; rezagos de gestión y congestión |
V-Dem Institute, 2024, p. 61; PEN 2025, pp. 1-3 y 35-36 |
|
Controles
al Ejecutivo |
Órganos
autónomos y revisión judicial |
Deslegitimación
discursiva y presión a contrapesos |
PEN
2025, pp. 1-3 |
|
Partidos |
Reglas
de competencia estables |
Baja
simpatía; personalización y fragmentación |
CIEP-UCR,
2024 |
|
Sociedad
civil |
Redes
activas y control de la sociedad |
Sobrecarga
informativa; asimetrías |
Freedom
House 2025, pp. 13-16 |
|
Comunidad
política |
Apoyo
normativo a la democracia |
Aumento de
indiferencia; fatiga democrática |
Latinobarómetro
2023, pp. 27 y 46 |
Nota. Elaboración con base en V-Dem Institute (2024),
PEN (2025), CIEP-UCR (2024), Freedom House (2024) y Latinobarómetro (2023).
Como muestra la tabla 3, Costa Rica revela una resiliencia democrática
sostenida, pero presionada, donde contrasta la fortaleza normativa del Estado
de derecho con rasgos de desgaste cívico y fragmentación política.
7. Brechas de investigación y agenda futura
El estudio de la resiliencia democrática ha avanzado notablemente en los
últimos años; sin embargo, subsisten vacíos analíticos y empíricos que deben
ser abordados para comprender mejor cómo las democracias contemporáneas encaran
y superan episodios de erosión institucional y crisis de legitimidad. De
seguido, se anotan algunas líneas prioritarias de investigación que podrían
conformar una agenda futura.
(i) Mecanismos de rebote democrático en contextos de deterioro moderado. Aún es limitado el
conocimiento disponible sobre las condiciones, actores y procesos que facilitan
a las democracias recuperar su equilibrio tras episodios de regresión parcial.
La noción de reequilibración propuesta por Linz (1978) ofrece un punto
de partida útil; sin embargo, debe actualizarse de cara a los fenómenos
emergentes, como la digitalización de los asuntos públicos y el ascenso de los
algoritmos en la opinión política.
Es necesario investigar cómo los procesos de transformación digital y la
presión ciudadana en redes digitales (entendida como la acción colectiva que
emerge en plataformas como X o Twitter, Facebook, Instagram o TikTok)
constituye una labor urgente de pergeñar. Como advierte Howard (2020), “las
redes digitales se han convertido en arenas tanto de resiliencia como de
vulnerabilidad democrática, donde la ciudadanía ejerce presión, se moviliza
colectivamente y confronta las tendencias iliberales” (p. 12).
De igual manera, el desempeño judicial tiene un papel fundamental en
estos procesos de recuperación (rebote democrático). Los tribunales
constitucionales y las cortes supremas pueden funcionar como mecanismos de
contención institucional, poniendo coto a las concentraciones de poder y/o a
las violaciones de derechos fundamentales. Sin
embargo, esta labor demanda equilibrio: “Los poderes judiciales suelen ser la
última línea de defensa frente a la erosión democrática, aunque sus
intervenciones deben equilibrar independencia y legitimidad democrática” (Hirschl,
2008, p. 45).
Por tanto, la investigación futura debería estudiar cómo la interacción
entre movilización digital, acción judicial y cultura cívica puede trazar rutas
de reequilibración democrática que den fuerza a la resiliencia.
(ii) Resiliencia de escalas múltiples y articulación de capacidades. Las amenazas a la
democracia ejercen su presión de forma simultánea en distintos niveles (local,
nacional y transnacional), lo que obliga a analizar la resiliencia en todos
esos niveles. Es preciso estudiar cómo las capacidades estatales, comunitarias,
territoriales y transnacionales se interrelacionan de cara a estresores
complejos como la corrupción, el crimen organizado o la desinformación digital
que no se circunscribe a las fronteras de ningún país.
Este enfoque se inspira en los estudios de resiliencia ecológica y
social (Folke et al., 2010 y Duit, 2016), adaptados al análisis político
por autores como Merkel (2021) y Boin (2010). En su concepción, la capacidad de
resistencia democrática se construye en red, no en un solo punto del sistema.
Al respecto, Boin (2010) señala: “Las democracias resilientes son
aquellas capaces de movilizar recursos y capacidades en múltiples niveles de
gobierno, manteniendo la coordinación y la legitimidad política durante las
crisis” (p. 5). Por su parte, Duit (2016) anota: “La resiliencia democrática
requiere comprender la gobernanza como un fenómeno multinivel, donde los
mecanismos locales y nacionales interactúan dinámicamente ante perturbaciones”
(p. 20). De lo anterior se colige que la investigación debe explorar formas de
coordinación entre instituciones estatales y redes ciudadanas que fortalezcan
la capacidad adaptativa sin depender exclusivamente del poder coercitivo o de
la centralización de decisiones.
(iii) Medición y precisión de indicadores de resiliencia. Pese a los valiosos
avances de los GSoD indices (International IDEA, 2023) y del proyecto Varieties
of Democracy (V-Dem), persisten desafíos metodológicos para operacionalizar
y corroborar los indicadores de resiliencia (International IDEA, 2023 y Lührmann
et al., 2018). Los indicadores actuales recogen con eficacia fenómenos
estructurales como la calidad electoral o la independencia judicial; sin
embargo, es importante llegar a una mayor precisión en estimar fenómenos como
el antipluralismo, la polarización afectiva y la robustez cívica, así como
estudios comparados sobre su sensibilidad ante cambios institucionales y
contextuales.
Según subraya Merkel (2021), “la resiliencia democrática no puede
reducirse a la estabilidad institucional, sino que implica una combinación
compleja de desempeño, legitimidad y adaptabilidad” (p. 873). Esta nueva línea
facilitaría la depuración del diagnóstico empírico sobre los factores que
mantienen o debilitan la resiliencia democrática.
(iv) Diseño institucional para una resiliencia sin un “estado de
excepción” permanente. Una de las tensiones fundamentales radica en cómo las democracias
pueden reaccionar de manera eficaz a las crisis sin normalizar la excepción.
Merkel y Lührmann (2021) advierten que las medidas extraordinarias prolongadas (como
los estados de emergencia o los decretos ejecutivos extensivos) pueden llegar a
ser mecanismos de destrucción paulatina de las normas democráticas.
A propósito, Agamben aduce: “El estado de excepción tiende a convertirse
en paradigma de gobierno, un espacio jurídico en el que la distinción entre
norma y excepción se borra progresivamente” (2005, p. 2). La investigación
futura debe indagar en salvaguardas institucionales y constitucionales que
permitan gestionar emergencias preservando los controles horizontales y
evitando la consolidación de poderes de excepción (Boin et al., 2013 y
Levitsky y Ziblatt, 2018).
(v) El caso de Costa Rica: resiliencia y fragilidades coexistentes. El contexto
costarricense presenta un terreno fértil para estudiar la interacción entre
alto desempeño democrático (reflejado en indicadores como el liberal democracy index
(LDI)) y la permanencia de tensiones críticas, especialmente en los ámbitos de
independencia judicial, confianza institucional y rendición de cuentas, según
se refleja en los datos del global state of democracy indices (International
IDEA, 2023) y del proyecto Varieties of Democracy (V-Dem Institute,
2024).
Asimismo, la interlocución entre instituciones estatales y sociedad
civil puede constituir un espacio de aprendizaje político. Según International IDEA
(2023), “los países con altos niveles de desempeño democrático no son inmunes a
la erosión; su resiliencia depende de mecanismos inclusivos de respuesta,
apertura al escrutinio público y rendición de cuentas” (p. 9).
En el caso costarricense, la investigación futura debería abocarse a
explorar ¿cómo interactúan
los factores y cómo coexisten con los retos recientes?, como la polarización
política, desinformación digital, la percepción de impunidad judicial y el
avance de la criminalidad organizada (Carazo, Jiménez y Román, 2023 y Programa
Estado de la Nación, 2025).
De esta forma, el caso costarricense puede contribuir a la literatura
sobre resiliencia democrática como un laboratorio de balance entre estabilidad
formal y vulnerabilidad pragmática en el que la resiliencia a nivel cívico
(la aptitud de adaptación social y de discusión) desempeña un papel tan
decisivo como la resiliencia institucional (International IDEA, 2019 y Pignataro Treminio y Chavarría,
2021).
En fin, la
identificación de las condiciones de rebote cívico-institucional, es decir, los
factores que permiten restaurar confianza y legitimidad luego de episodios de
tensión política o judicial podrían arrojar evidencia clave para la literatura
sobre resiliencia democrática en regímenes de larga estabilidad formal.
8. Conclusiones
El estudio de la resiliencia democrática se ha convertido en una línea
de estudio medular a fin de comprender las transformaciones de los regímenes democráticos
contemporáneos para encarar las crisis económicas, políticas, sanitarias y
digitales. Más que un sinónimo de estabilidad, la resiliencia alude a la
competencia institucional y social de adaptación que permite a las democracias
absorber perturbaciones y reequilibrarse (o reconfigurarse) ante ellas, al
tiempo que mantienen sus principios básicos.
El análisis realizado evidencia que la resiliencia democrática no es una
propiedad estática, sino un proceso muy dinámico que se sostiene por la interconexión
entre actores institucionales, judiciales y cívicos, así como en la presión
ciudadana. Estas interacciones adquieren una importancia crucial ante entornos
de polarización, desinformación y populismos digitales.
La evidencia empírica reciente propone que la resiliencia se sostiene en
la interacción entre actores institucionales, que se articula en redes híbridas
de movilización y vigilancia (Howard, 2020 y Hirschl, 2008). El análisis
comparado revela que la resiliencia democrática es multinivel o multiescala, en
virtud de que depende de la capacidad de coordinación entre niveles de gobierno
y del diálogo entre redes estatales y comunitarias. En contextos donde el crimen organizado o la
desinformación minan la confianza, el fortalecimiento de capacidades locales,
cívicas y judiciales se torna imperativo para sostener la legitimidad
democrática.
Un hallazgo transversal de la literatura es que la resiliencia legítima
debe evitar la normalización del estado de excepción. Las medidas de
emergencia, aun cuando resulten efectivas en ciertos contextos, pueden
desembocar en el deterioro paulatino del control democrático si no se acompañan
de mecanismos de supervisión y reversión. En este sentido, una resiliencia sin estado
de excepción permanente demanda contar con instituciones capaces de actuar con flexibilidad
ante las crisis, aunque dentro de parámetros temporales y normativos estrictos.
En cuanto a la medición, los avances de proyectos como Varieties of
Democracy (V-Dem Institute) e International IDEA (GSoD indices)
presentan un marco comparativo útil y de alto valor agregado, aunque subsisten
retos metodológicos; tal como mayor precisión para evaluar dimensiones como el
antipluralismo, la potencia cívica y la polarización, así como para medir la
capacidad de recuperación institucional.
El caso de Costa Rica ilustra de forma asombrosa la
coexistencia entre fortaleza institucional y fragilidad funcional. El país
sostiene un alto desempeño democrático en términos de participación electoral,
pluralismo y Estado de derecho, pero encara nuevas amenazas producto de la
criminalidad organizada, la desinformación y la desafección ciudadana. Lejos de
constituir una excepción, el país puede ser visto como un laboratorio de
equilibrio entre estabilidad formal y resiliencia cívica, donde la capacidad deliberativa
y el activismo judicial actúan como contrapesos frente a tensiones
contemporáneas.
La agenda de
investigación futura debe abocarse a integrar los planos normativo,
institucional y social de la resiliencia democrática, acometiendo tres desafíos
cruciales: reconstruir la confianza entre ciudadanía e instituciones por medio
de procesos de deliberación; robustecer los mecanismos de rendición de cuentas
legislativa y judicial sin minar la capacidad de respuesta ante crisis; y
desarrollar indicadores más sensibles a las dinámicas de las democracias
contemporáneas, que incluyan la resistencia y el aprendizaje político. Solo una
resiliencia democrática entendida como capacidad reflexiva y transformadora (no
solo defensiva) será capaz de garantizar que las democracias de la región,
incluida Costa Rica, preserven su existencia frente a los desafíos actuales y
futuros.
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Press.
* Costarricense, economista, correo hannia_ramirez@hotmail.com.
Profesora y subdirectora en la Universidad Fidélitas, donde coordina la carrera
de Economía. licenciada en Economía con énfasis en Administración de Negocios y
máster en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad de Costa
Rica. Cursa el doctorado en Gobierno y Políticas Públicas en la misma casa
universitaria.
[1] Traducción
libre: resiliencia de inicio.
[2] Traducción
libre: resiliencia ante el colapso.
[3] Se refiere a métodos sutiles y no violentos para
controlar, marginar o silenciar a individuos u opositores.
[4] Métodos sutiles y no violentos para controlar movimientos
sociales o disidencia política.
[5] Es lo que se
conoce como “charla basura”, se utiliza para denominar los
comentarios provocadores, insultos o burlas dirigidos a un oponente.